Maritza Morillas

Maritza Morillas

El arte es una enfermedad genética entre su familia. Nació en la Ciudad de México en 1969. Se equivocó de carrera cuando se inscribió en diseño en la Escuela Nacional de Artes Plásticas ENAP, así que estudio de oyente, en la clandestinidad, confiesa. Su obra nos confronta y es difícil de exponer y de ver para el espectador que busca visiones agradables. Martiza está consciente pero no deja de ir a esa gran morgue que es la sección de carnes de los mercados para pintar las cabezas, despojos y demás entrañas que son alimento humano.


En su taller trabaja en su obra, da clases de pintura, realiza piezas únicas de peltre pintado y horneado, un espacio pequeño y organizado para la creación, una fábrica creativa.

CONVIVIR CON LA EDUCACIÓN ARTÍSTICA

- Lo que aporta la escuela de arte son las técnicas, eso es importante, y confrontarte con tus demás compañeros, ver sus trabajos es una retroalimentación y creo que es lo que realmente ayuda. Cuando estuve en la ENAP yo quería empezar a hacer una serie, y cuando entré a los talleres de pintura me impuse ese reto de hacer una serie de cuadros, no un cuadro por tema y luego otro por otro tema, veía que otros trabajan así, que eran sueltos. Desde entonces trato de hacer series.

VER PINTURA Y QUERER PINTAR

- Cuando estaba chica me acuerdo que mi papá me regaló un libro de Van Gogh, entonces me gustaba su pincelada gruesa y cómo pintaba. Cuando estaba en la escuela de iniciación artística conocí la obra de Picasso y me leí varias biografías de él y me gustaba mucho su vida. Su vida personal fue un desastre, su vida dedicada al trabajo me gustaba mucho.

EL DESPOJO ANIMAL

- Vivía muy cerca del Mercado de Jamaica y acompañaba a mi mamá a hacer la compra desde niña, y me impresionaban mucho los mostradores de carne. Recuerdo que las patas de pollo me quedaban a la altura de la cara, entonces yo les agarraba las uñas, y un día mi mamá me dio unas patas para que me las comiera cocidas, y entonces yo traté de comerlas, pero yo no quería, sentía que era una mano mía. Todas esas sensaciones me marcaron. Tenía que pintar algo que realmente me afecte. Siempre me han gustado los animales, y he estado en desacuerdo en todas las consecuencias de una sociedad depredadora, así que dije: voy a pintar eso, y me fui al Mercado de Jamaica a tomar fotos.

EL DESPOJO HUMANO

- No hay salida, cada vez vamos peor, por ejemplo, todo empezó en mi obra con eso de los animales del mercado “Agonía de la Conciencia” y hacer una analogía de cadáveres humanos con animales, para tratarlos de poner en el mismo sitio y competir en un mismo espacio. Después seguí con la industria alimentaria, porque cada vez es peor y se han generado pandemias por este interés de querer producir más carne y es algo que se nos está revirtiendo porque la enfermedad de las vacas locas que es la encefalopatía espongiforme bovina, se originó por alimentar a las vacas con borregos, cuerpos de borregos muertos y enfermos por una enfermedad llamada Scrapie, sus restos fueron procesados para hacerlos un alimento. Eso se lo dieron a las vacas que es un animal herbívoro y se volvieron caníbales. Esas cosas me interesan mucho, me impresiona y siento impotencia por no poder hacer nada.

DEPREDADORES Y CRIMINALES

- Soy totalmente realista y fatalista porque sé que eso es lo que viene, por ejemplo, la depredación del Amazonas no va a retroceder y va a ser cada vez más y más y así todos los seres vivos que nos rodean el hombre los sigue depredando y destruyendo. No es fácil pintar esto, a muchos espectadores les molesta. Me acuerdo que cuando estaba pintando un cuadro con unas cabezas de puerco en la ENAP, llegó una muchacha un poco indignada y me dijo “¿por qué pintas eso? ¿A dónde te vas a meter?” y le dije al mercado. Estas cabezas cuando tú vas al mercado tal vez sólo son carne, pero yo veo la cabeza de un cerdo decapitado simplemente sacado de contexto.

EL MILENIO Y LOS DESPOJOS DE UNA REVOLUCIÓN

- Está el monumento a una revolución que no lo logró ser un símbolo, es como una derrota. Además el caballo ya tiene ahí muchísimo tiempo, ya está seco, es carroña, tiene una parte que ya ha sido devorada, es un aviso de cómo va a terminar el milenio, es una escena final para que caiga el telón y hasta ahí llegamos. Eso es todo.

Rastros del último Milenio

El fin de una era, el anuncio del caos, está presente en cada instante, en el golpe de los hechos que no ceden, que son cada vez más irreversibles. Los restos carcomidos del cadáver de un caballo, símbolo de la guerra, el cielo incendiario, el monumento a una revolución casi olvidada, no es fatalismo, es la coherente sinceridad de lo que estamos viviendo. Maritza Morillas tiene una obra que indaga en la putrefacción social, orgánica y humana, en el despojo del devenir. No le teme al impacto visual, a la impresión del que ve su obra, al contrario, está ahí para obligarlo a ver, a asimilar que hay algo más que no es agradable o fácil.