SAMUEL MELÉNDREZ BAYARDO

Samuel Meléndrez Bayardo

El silencio y la luz son los personajes latentes de su obra, que le dan una atmósfera existencial. Nació en 1969 en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Recolecta objetos y juguetes en enormes mercados, en su propia convivencia cotidiana y los pinta con detalle en sus lienzos. Pintar es para él “Una gran labor de resistencia y de necedad de todos estos años. De la seguridad de que la pintura se va a mantener como una técnica primordial en el arte”.


Trabaja en un estudio de piedra, rodeado por talleres de cerámica y herrería. En este ambiente de creación inventa lugares que no existen para sus vistas urbanas.

La realidad inmediata
- Siempre he considerado que la ciudad es un enorme contenedor de experiencia vital. Los edificios y las construcciones están cargados de vivencias, de recuerdos, de historia. Recolectar imágenes es un trabajo de campo cotidiano, una simple salida a la calle es motivo suficiente para que capture imágenes, rincones, escenas. Mi principal soporte para ese tipo de boceto es la fotografía. Disfruto andar en la calle con mi cámara capturando esos momentos. El lugar más insospechado me puede aportar una gran cantidad de inspiración y puedo reconocer belleza.

La invención antecede a la realidad
- Generalmente esas imágenes las tengo en mi cerebro, las concibo de antemano y después salgo a la calle a tratar de encontrar esos elementos. Tengo un cuadro del caballo que está inspirado en la escultura que está enfrente del Museo Nacional de Arte. Hice un estudio fotográfico de la escultura y después le añadí un paisaje industrial que hice en otro trabajo de campo. Es una especie de photoshop sobre la tela. Escojo un conjunto de imágenes y una que imagen sea protagónica y tenga los elementos principales que yo quiero para construirla. A partir de esa imagen puedo añadir o quitar elementos de otras imágenes. En la mayoría de los casos son composiciones.

La realidad y el tiempo
- Los juguetes en mi obra son el contacto permanente con mi infancia y mi pasado, representan la añoranza por el tiempo ido, el tiempo perdido. Mi obra habla de la angustia que nos provoca el paso del tiempo. Tengo la convicción de que la tragedia del ser humano siempre ha anidado en su constante vocación por ese tiempo perdido. Esa idea se relaciona con lo inexorable del transcurrir de la vida y nuestro irremediable acercamiento al final, a la muerte.

Autodidacta y maestro
- Estudié dos años en la Escuela Nacional de Artes Plásticas en Guadalajara. Deserté porque me decepcionó y renté un espacio junto con otros colegas de la escuela y ahí nos dedicamos a pintar. Mi formación es autodidacta. Después de 20 años de experiencia tengo la obligación moral de transmitir lo que he aprendido. Enseño a mis alumnos un conocimiento estricto de la técnica y les digo que deben aprovechar esta formación en la que no van a cometer los errores técnicos que yo cometí. Cuando empecé, yo hubiera querido tener un maestro que me dijera “esto no se hace, si aplicas de tal manera vas a tener malos resultados en años posteriores”. Mi papel es advertirles a mis alumnos cuáles son las circunstancias, de qué manera se está desarrollando el ambiente en las escuelas para que sepan a lo que se van a enfrentar. Si ellos quieren ser pintores en las escuelas, desgraciadamente, no siempre van a encontrar un ambiente propicio, pero, si les dices por qué, si los ánimas, les cultivas este amor por la cultura van a llegar bien preparados para que este ambiente adverso no les afecte tanto y no los haga dudar.

La pintura hace a la teoría
- Desde el principio de mi carrera supe lo que quería pintar, he llevado un proceso de perfeccionamiento de esa visión y de consolidación del discurso teórico. Cuando empecé a pintar lo hacía por gusto, por instinto, pero no empecé a desarrollar un discurso teórico, este llegó después, a través de las opiniones de otras personas, de la crítica, de la propia maduración de las ideas. Fue un proceso de varios años en los cuales a partir de lo que estaba haciendo instintivamente, por placer, empecé a conformar una explicación teórica.

El Milenio visto desde el silencio de un balcón
- Intento recrear una experiencia universal que tenga que ver con los demás, con todos. Es un juego de significados, trato de hacer una conjugación de tiempos. Estoy hablando del pasado con la arquitectura clásica y al meter estos elementos industriales hablo de lo contemporáneo. Estoy fijando una postura: no hay futuro sin cuidar la tradición.

Homenaje a la memoria

El silencio y el inexorable transcurso del tiempo son los habitantes de las escenas solitarias de Samuel Meléndrez Bayardo. Estas vistas, estos fragmentos de edificios, cielos, monumentos, son una reunión premeditada que hace el pintor. No existen en una realidad palpable, existen en su pintura. Los recolecta, los ordena y recrea en su lienzo. Estas escenas dan la sensación de ser la conclusión del algo, de una despedida, de una ruptura, de una historia y lo que vemos son los vestigios del tiempo que ha trascurrido. Un par de zapatos viejos en la orilla de un balcón, no sabemos quién los abandonó, y sentimos que alguien se ha ido y dejó ahí un testimonio de su presencia, y algo más, dejó un trozo de su vida, un momento perdido.