JÓSE MARÍA MARTÍNEZ

Jóse María Martínez

Nómada, recolecta a su paso paisajes, imágenes e historias para llevarlas al lienzo. Nació en 1974 en el pueblo de Jilotzingo, en el Estado de México. Sus inicios en la pintura y el dibujo fueron autodidactas y precoces. La enfermedad del cuerpo y de la sociedad le inquietan, pinta mujeres con los senos mutilados por el cáncer o golpeadas por una violencia ya tradicional en la descomposición que nos rodea. En otras ocasiones se detiene en la paz de naturalezas muertas minimalistas: una tortilla, una tuna.


En su taller ubicado en Real del Monte, Hidalgo, habla sobre el placer que le produce pintar, el tiempo que exige el lienzo y la necesidad de estudiar la luz para recrearla en sus paisajes y naturalezas muertas.

Los maestros
- Estuve en el taller del maestro Arturo Rivera del 2002 al 2004. Fue un proceso de introspección, de ver más cosas que me interesaban pintar, mucho diálogo con él, ver otros pintores. Después tuve la oportunidad de conocer al maestro Antonio López en 2005, obtuve una beca para ir a la Universidad Complutense de Madrid. Antonio López es un sabio y un gran ser humano, es un ser honesto que te lleva en la pintura, te das cuenta de que es un hombre verdadero. Te habla de verdad del arte y al mismo tiempo te das cuenta de que te habla de la vida. Me decía: “sé paciente, no te desesperes, lo haces bien”. Y eso te da mucha confianza. Aprendí que si soy honesto, que si soy verdadero, las cosas se irán dando.

Anatomía de la fauna
- En el pueblo estuvieron siempre, los conejos, los gallos, los burros, los caballos y todo tipo de animales. En vacaciones trabajé con un amigo de mi papá que era carnicero y le ayudaba a matar y a desollar a los animales; entonces, ahí adquirí gusto por la carne, por la sangre, me decía ¿qué es esto? Desde ahí empecé con la fascinación por la anatomía de los animales.

La luz que enceguece
- Me gustan las composiciones muy limpias y tiendo mucho a la luz. Me gusta mucho la luz del maestro Antonio López, cuando lo vi por primera vez me marcó y platicando un día con un amigo me decía que también pasan cosas oscuras de día. Por ejemplo, hice un viaje a Estados Unidos y me encantan los cementerios cubiertos de nieve. Entonces hice un cuadro muy vertical con el cielo enorme, abajo las tumbas blancas, cubiertas de nieve. Me doy cuenta que cuando estoy haciendo el cuadro es hacia la luz.

El arte y la vida
- El arte es una expresión del ser humano que ha estado desde siempre y es parte de nosotros. Es la vida y es parte de la vida. El verdadero arte es la expresión de un trabajo verdadero y honesto. Me concentré en la pintura por una necesidad de querer expresarme, querer decir cosas. Desde niño, siempre tuve la inquietud de dibujar, pintar. Me interesan también cosas como la violencia y hacer ese registro de lo que me ha tocado vivir. Contar historias y traducirlo al lenguaje pictórico, ya sea en la pintura, en el dibujo. La inquietud al leer un poema, leer algún libro y traducirlo a mi lenguaje, a un lenguaje plástico.

El proceso de un cuadro
- Ya tenía planeado hacer la pintura del conejo desollado. Fui al pueblo a comprar el conejo y le pedí a un amigo que lo desollara. Cuando él comenzó realicé un registro fotográfico y le tomé medidas del tamaño real porque quería que cuando la gente viera el lienzo sintiera que el conejo estaba ahí. Comencé muy rápido con las manchas, y entonces llega un momento donde el cuadro me pide un tiempo para descansar. Comienzo otro cuadro y después regreso al cuadro y trabajo con veladuras, dejo que se sequen y después trabajo las siguientes veladuras. Dejo descansar el cuadro para verlo con otros ojos, unos días, una semana después. Con este cuadro yo quería ir muy despacio, tranquilo, disfrutarlo. Me encantaba ver el conejo colgando junto a la piel.

El milenio visto por el arte y un cuento masacrado
- El cuadro se llama El conejo de Alicia en México, a mí me encantan las personas que cuentan historias y creo que para ser universal hay que ser lo más local posible. Tomo el conejo de Alicia en el país de las maravillas para contar una historia, como un registro del tiempo que me ha tocado vivir, sobre todo del sexenio que se acaba de terminar con todos estos muertos, los desaparecidos. Están las crónicas que han hecho periodistas, los fotógrafos, y yo como artista siento esa responsabilidad y compromiso de mostrar un pedazo de vida, dar una interpretación de los tiempos violentos de los últimos años en este país.

El conejo de Alicia en México

Las fantasías son aplastadas por la crueldad. Una naturaleza muerta evoluciona a metáfora de la de la depredación. En una sociedad en la que sobrevive el más fuerte las victimas ya no evocan la compasión, son trofeos de caza, son evidencias de la fuerza del otro. José María Martínez Hernández cuelga a un conejo y lo despoja de su piel. En un fondo negro la luz rodea la cabeza del sacrificado animal, para que veamos lo que el pintor señala. La pintura se llama El Conejo de Alicia en México, es decir, aquí entre la violencia, la primera víctima son los sueños, las juegos infantiles, la evocación de un mundo de historias sin consecuencias mortales. La pintura cuidadosa de este despojo, de este ser sin vida, es un homenaje a la delicada estructura de nuestra paz.